Jesús Javier Bonilla Palmeros

Cronista oficial de la ciudad

El municipio de Coatepec se caracteriza por una amplia riqueza cultural que incluye evidencias materiales desde tiempos muy tempranos, entre los que destaca el sitio de “Campo Viejo”, cuyos vestigios permiten acercarnos a una de las fases de ocupación muy temprana en la región Coatepecana.

            Uno de los rasgos distintivos del sitio son los numerosos montículos construidos con material de acarreo: tierra y piedra, algunos de ellos presentan una altura de entre cinco y veinte metros, razón por la cual es difícil que pasen desapercibidos al ojo humano. Varias de las estructuras debieron ser edificadas hacia el periodo preclásico medio (1200 – 400 a.C.) por el hecho de haberse encontrado materiales arqueológicos que son distintivos del periodo.

Algunas personas se preguntan ¿cuál haya sido la intención de construir los “cerritos”?, denominados así por los lugareños a partir de su semejanza con elevaciones terrestres naturales. En realidad la función se define con base en la altura, ubicación, formas y materiales asociados que presentan las estructuras, de tal manera que algunas forman parte del espacio sacralizado, y por consiguiente se encuentran relacionadas con el desarrollo de los rituales, las ofrendas y el culto a sus antiguas entidades. Otras construcciones en cambio funcionaron como basamentos de casa habitación, o vinculadas a espacios donde se realizaban actividades artesanales. Sea una u otra la función de las estructuras, la importancia del contexto y sus materiales, permiten a los arqueólogos mediante su análisis, establecer temporalidades, funciones y cargas simbólicas.

En cuanto a los materiales arqueológicos hallados en relación con los basamentos, destacan los restos de vasijas y figurillas manufacturadas en barro, cuya función se determina en cuanto a su contextualización, formas y elementos iconográficos. Entre las piezas cerámicas más tempranas destacan las representaciones de mujeres, caracterizadas por su evidente desnudez pero que no se descarta la posibilidad de que hayan sido cubiertas con algún tipo de prenda manufacturada con fibras vegetales. En las referidas figuras de mujeres se destacan los senos, las caderas, el órgano sexual, y se acentúa en varios ejemplares el vientre abultado, lo cual se ha interpretado como referencias a diversas fases del periodo de gestación. La mayoría de las piezas se han encontrado muy fragmentadas, por lo que se piensa fueron desacralizadas mediante su fractura al momento de depositarlas en las ofrendas. Con base en tales características, varios investigadores han propuesto que las pequeñas esculturas manufacturadas por las sociedades indígenas, desde los inicios de la vida aldeana, son ejemplos del culto temprano a entidades femeninas vinculas con rituales agrarios y concepciones de carácter cíclico.

También en los mismos contextos de han encontrado restos de figurillas de tradición Olmeca y de las sociedades del Altiplano Central, ejemplares que permiten detectar las interacciones que establecieron los habitantes del sitio “Campo Viejo” con grupos del sur de Veracruz, y de la Cuenca de México. De tal forma que el hallarse asociadas les representaciones femeninas locales y de grupos foráneos, en las que se comparten características similares a diferencia de las variantes estilísticas; podemos suponer que ambas sociedades comparten concepciones simbólicas y probablemente rituales en torno a las tempranas representaciones de las “diosas de la fertilidad”.

En los primeros siglos de la era cristiana, el sitio de “Campo Viejo”, debió de sufrir un marcado descenso de población, según se deduce por los escasos materiales arqueológicos que se han encontrado. Siendo nuevamente reocupado hacia el periodo Clásico Tardío (600 – 900 d. C.) momento caracterizado por un amplio auge del sitio, y alcanzar una mayor extensión el asentamiento. Cuyas evidencias arqueológicas permiten deducir una prolongación hacía el centro de la actual ciudad de Coatepec y Cerro de las Culebras. Donde se realizaron hallazgos fortuitos de esculturas en piedra y figurillas en barro de estilo teotihuacano: una pequeña ardilla en piedra, donde estuvo el negocio de “La Campana”, el gran “cajete” y una escultura zoomorfa en lo que ahora es la terminal de “Los Azteca”, otra pequeña escultura antropomorfa en la primera de Juan Soto, y las últimas piezas halladas en las faldas del “Cerro de las Culebras”.

            La gran cantidad de piedras que aparecen en los campos de cultivo del sitio “Campo Viejo”, específicamente en los terrenos planos, permite deducir la existencia de conglomerados habitacionales. Piedras que eran utilizadas para levantar muros de baja altura con el fin de reforzar las paredes de las casas habitación. Algunos pequeños tramos de dichos muros; fueron hallados esporádicamente por algunos campesinos, cuando realizaban faenas en cañales y fincas, específicamente en terrenos ubicados hacia la parte de “El Cascajal”.

            Una característica distintiva del sitio, es la gran cantidad de desechos de talla, y fragmentos de piezas manufacturadas en obsidiana: translucida, negra, y en mínimas cantidades en color verde. Evidencias que denotan el carácter del sitio como un taller de industria lítica, desde tiempos muy tempranos, y su especialización hacia el Clásico Tardío (600 – 900 d.C.) en lo referente al tallado de la piedra. Concretamente hacia la parte denominada “El Cascajal”, se han ubicado grandes cantidades de desechos de talla, mismos que fueron utilizados cuando se pavimentó la carretera a Mahuixtlán, según comentaba el campesino Narciso Rolón.

            Entre las piezas manufacturadas hacia el Clásico Tardío, destacan las esculturas cefalomorfas de serpientes, batracios, altares circulares para ofrendas, y uno en forma de pilón qué al parecer fue utilizado para los sacrificios humanos, según se deduce por la forma y las imágenes de sacrificio en otros materiales culturales del sitio.

            Las representaciones en piedra de ofidios y batracios de gran tamaño, permiten inferir su manejo conceptual; en relación con los ritos agrarios desarrollados por la sociedad que habitó el sitio. Particularmente porque la serpiente fue asociada con aspectos cíclicos, derivados de su interpretación simbólica; a su vez fundamentados en la renovación periódica de la piel, de tal forma que establecieron una analogía simbólica entre los cambios de la piel del ofidio y la renovación anual de la vegetación, en correspondencia a la llegada del periodo de lluvias. En el mismo sentido se manejó la importancia de los batracios, cuyos hábitos en relación con el agua y las sequias, características que fueron ampliamente observadas por las sociedades indígenas e interpretadas simbólicamente.

            En los mismos campos de cultivo se hallan fragmentos de metates, metlapiles y pequeñas piedras de molienda, algunas de ellas intencionalmente fracturadas, las cuales podrían haber sido depositadas a manera de ofrendas en espacios funerarios. Al igual que pequeñas figurillas de animales modelados en barro y con perforaciones en el cuello, probablemente para cruzarle con un cordel, muy similares a otras piezas halladas en el centro de Veracruz, y que han sido identificados como juguetes por presentar ruedas. Y en otros hallazgos casuales, algunos campesinos han mostrado fragmentos de silbatos en forma de aves, evidencias que permiten deducir el probable manejo de instrumentos musicales.

            En lo referente a la filiación étnica de los habitantes del sitio “Campo Viejo”, para el periodo Clásico Tardío, no se tienen pruebas contundentes para identificarles plenamente, de tal forma que se les incluye dentro de los denominados “Grupos del Centro de Veracruz”.

Los materiales arqueológicos distintivos del sitio “Campo Viejo”, se ubican hacia el periodo Clásico Tardío (600 – 900 d.C.) y se relacionan específicamente con el Juego de Pelota, práctica cultural ampliamente difundida entre las sociedades mesoamericanas. En el caso de “Campo Viejo”, el arqueólogo Fernando Miranda identificó entre los restos de estructuras prehispánicas, el espacio donde se llevó a cabo el ritual del juego de pelota por los habitantes del lugar. Construcción que se integraba por dos basamentos rectangulares, los cuales a su vez delimitaban un espacio central, donde se ubicaban los jugadores.

            Algunas personas podrían pensar que el juego de pelota prehispánica durante el periodo Clásico, era exclusivamente un juego, pero en realidad es una actividad vinculada al desarrollo de una serie de rituales que forman parte de los cultos agrarios y de carácter cíclico.

            Evidencias de la práctica del juego de pelota prehispánico, que han pervivido a través del tiempo, son una serie de piezas identificadas en la terminología arqueológica con nombres como: yugos, palmas, hachas y candados. En específico las asignaciones se realizaron con base en la forma de los objetos y no necesariamente a lo que representan, de tal manera que la “palmas” se caracterizan por un formato parecido al de una hoja de palma, y de este tipo de esculturas se cuenta con dos piezas de excepcional belleza, procedentes de “Campo Viejo”. Una recrea la esbelta figura de un hombre que presenta un suntuoso tocado, accesorios y los brazos atados hacia la espalda, de tal forma que adopta una forma arqueada y acentúa el corte transversal a la altura del pecho, como referente del sacrificio mediante la extracción del corazón. En la otra “palma” se representa al frente un personaje ricamente ataviado, y en la parte posterior a un probable sacerdote en el momento mismo de llevar a cabo el sacrifico por decapitación, al sostener en una mano el cuchillo y en la otra la cabeza de un personaje.

            Las “hachas” se identifican por presentar un lado más ancho, cuyo grosor se va reduciendo hacia el lado opuesto, de tal forma que da la impresión de un formato parecido a las hachas. Hace años se presentó la oportunidad de observar en manos de un campesino de “Campo Viejo”, el fragmento de una pieza cuya figura evocaba a un personaje que portaba un yelmo formado por la cabeza de un águila, y es digno de reconocer la maestría en el tallado de la pieza.

            En lo referente a los denominados “yugos”, su forma es parecida a la de una herradura, y se han encontrado en sus dos formatos, abiertos y cerrados. Algunos “yugos” se caracterizan por la superficie alisada, y otros por presentar en relieve una serie de elementos que acusan combinaciones zoomorfas muy complejas, mediante la integración de rasgos de varios animales como son: sapos, serpientes y jaguares, razón por la cual se les ha denominado “representaciones del monstruo de la tierra”. Al parecer este tipo de objetos se encuentran vinculados con cargas simbólicas en relación con el nivel terrestre.

            Los llamados “candados” en realidad son formas caracterizadas por presentar un asa, y remitir simbólicamente a la concepción del depósito de ofrendas, ya sea la bolsa para transportar la pelota, o aquellas vasijas utilizadas para depositar las ofrendas en el ritual.

            En conjunto los “yugos, palmas, hachas y candados”, eran piezas que portaban los jugadores de pelota como parte de su parafernalia, las cuales se manufacturaban en madera o algún otro material ligero, y esas mismas piezas elaboradas en piedra, formaban parte del ajuar funerario del jugador sacrificado. Aparte de que no se descarta el uso de las mismas en otros tipos de rituales asociados a cuestiones agrarias.

Publicado en El Regional el sábado 19 de julio de 2014, número 1984, p. 7

Publicado en El Regional el sábado 16 de agosto de 2014, p. 8